jueves 22 de septiembre de 2011

A MARIO BENEDETTI, EL POETA TIERNO


De golpe sentí una orfandad insondable. ¡Dios mío! De modo que eso era la tristeza. Me levanté del escritorio y busqué refugio en el baño. Allí encontré a mi buen amigo Napo Márquez. Era domingo. Quería gritar, maldecir, putear, vociferar. ¿Qué te sucede, traes cara de muerto? me preguntó. Yo solo atiné a abrazarlo, mientras me desbordaba el llanto. El que se ha muerto es Benedetti, le respondí con voz entrecortada. Estaba fulminando por la pena. Era previsible. Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia es más que una colección de libros en mi biblioteca. Es un catálogo amplísimo de complicidades, pleitos, discrepancias y coincidencias. Es mi vida tomando la apariencia de sus cuentos. Son sus poemas asemejándose a mi historia. Le escribí estas líneas al cumplirse un mes de su deceso y ahora las comparto. ¡Hasta siempre amigo Benedetti!

Así estamos/consternados/rabiosos/aunque esta muerte sea/uno de los absurdos previsibles. Ahora que asumo cabalmente tu partida, el diagnóstico de este duelo límpido y silencioso cae sobre mis párpados, como las hojas secas del jardín botánico al que siempre regresabas. Allí te instalabas, a la izquierda del roble, con tus historias cotidianas y tus versos limpiecitos, recién secados al sol, a la intemperie del alma.

Le tenías ojeriza a la pureza/porque sabías cómo somos de impuros/cómo mezclamos sueños y vigilia/cómo nos pesan la razón y el riesgo. Tenías razón. La amistad consistía a veces en impecables e impúdicas traiciones. En llenar vacíos ajenos y sosegar penas extrañas. No sabían un corno. Nadie les explicó que la primavera regresaría sin sus esquinas rotas. Siempre regresa. Ni les dijeron que esas pequeñas complicidades derribadas, volverían para pedirnos cuentas. ¿Qué dirán los felones? ¿Qué dirías tú? ¿Cuánta vergüenza sentirías?

Yo también escuché una paloma/que era de otros diluvios /yo también destrocé un paraíso/que era de otras infancias/yo también gemí un sueño/ que era de otros amores. Debo confesarlo. Siempre tuve miedo a los fantasmas que asomaban desde tus cuentos. Eran escrupulosamente reales, tan miserablemente humanos, que en lugar de amenazas, parecían el anticipo de un dolor próximo, de una pena en ciernes. Pocos lo saben, es cierto, pero fueron tus versos los que dieron confort a mis rotundos e inapelables fracasos. De ellos fui aprendiendo que las derrotas nunca son definitivas, y que la vida se encarga de planificarte la revancha, con la estrenada posibilidad de ser vencido nuevamente.

miércoles 10 de agosto de 2011

EL AREQUIPEÑO QUE NO PUDO REGRESAR

Como si tuviese la clave para conmover hasta los más indiferentes corazones mistianos, el vals “El Regreso” se ha convertido en el nuevo himno de los arequipeños. Su letra encierra la más perversa de las ironías. Mario Cavagnaro, el autor, pidió en la última estrofa que lo entierren en suelo de Characato, sin sospechar que el destino tiene caminos retorcidos que no sabes a dónde te conducirán. No todas las aves migratorias encuentran la ruta de regreso. Cavagnaro murió en 1998 y fue sepultado en Lima.

La canción fue escrita por Mario Cavagnaro para el I Festival Internacional de Música Arequipeña, en 1969, y obtuvo apenas un modesto lugar entre los temas finalistas. Ese año el máximo galardón lo consiguió Víctor Neves Bengoa, otro conspicuo compositor arequipeño, con “Viejo cantor del Yaraví”.

Embebido de recuerdos, Cavagnaro ensambló con paciencia de artesano, la melodía dulce, casi quejosa, y los versos tristes que le dictaron las remembranzas de su infancia. El resultado fue una oda a la melancolía, con cierto aire a yaraví, por la tristeza inembargable que representa la nostalgia. Ese agosto, hace exactamente 40 años, Víctor “Pajarito” Bromley, primera voz de Los Chamas, estrenó el tema en el festival.

LA CONTUNDENTE COCINA AREQUIPEÑA

Todo aquel que se apresta a complacer paladar y lengua, con comida arequipeña, termina persuadido por la contundente diversidad de sus texturas. No hacen falta más argumentos para saber que esta cocina merece el título de capital gastronómica del Perú. Gastón Acurio, el gurú de la comida internacional, sostuvo alguna vez que el secreto de la culinaria mistiana estaba en la fusión del mar y la puna. Porque la cocina de Arequipa es fruto del sincretismo de varias culturas, como bien lo documenta el poeta Alonso Ruiz Rosas, en su enciclopedia “La gran cocina mestiza de Arequipa”.

Reforzando esta tesis, a estas alturas ya indiscutida, Raúl Vargas, crítico de cocina y uno de los autores del libro “Arequipa, picantes y picanterías”, escribió que el arte culinario characato era producto de las vertientes recónditas que venían desde siglos atrás con las correntadas quechuas, aimaras y collaguas, a las que se sumó después la corriente española.

Y así, a fuego lento, en los fogones ardientes de las picanterías, se juntaron lo mejor de la tradición gastronómica indígena y los refinados estilos españoles, importados con la Conquista. En muchas de las preparaciones o fórmulas de la cocina arequipeña actual, dice Alonso Ruiz Rosas, hay una raíz indígena honda que ha logrado perdurar a través de los siglos.

lunes 8 de agosto de 2011

MACHUPICCHU, INSPIRACIÓN DE POETAS

Qué es Machupicchu sino poesía pura. Versos que audaces constructores apilaron sobre la montaña. Epítetos sobre la grandeza creadora. Rimas líticas, simétricas. Anáforas subversivas que invocan la paz. Eso es sobre todo: poesía. Pero es también obra inspiradora, una musa que emerge desde la blandura de sus piedras labradas, indisolubles, un soplo que convoca, que llama a la creación.

Machupicchu ha sido fuente de inspiración constante. Poetas, músicos, escritores, directores de cine, hallaron en la armonía de sus muros pétreos, el estímulo perfecto para el arte. Una incitación capaz de cambiar el curso de una historia, como sucedió con el vate chileno Pablo Neruda. El poeta visitó la ciudadela en octubre de 1943, junto a la pintora argentina Delia del Carril, su pareja de entonces. Los acompañó el peruano José Uriel García. Y fue ante ese impresionante espectáculo de rocas, que tuvo una revelación.

“Pensé en muchas cosas a partir de mi visita al Cuzco…Allí comenzó a germinar mi idea de un Canto General americano. Antes había persistido en mí la idea de un canto general de Chile, a manera de crónica. Aquella visita cambió la perspectiva. Ahora veía América entera desde las alturas de Machu Pichu” escribió en sus memorias.

sábado 6 de agosto de 2011

UN DÍA CON CIRO CASTILLO ROJO


El celular de Ciro Castillo Rojo Salas suena unas sesenta veces al día. Las llamadas entran a cualquier hora, incluso en los momentos más indeseados. Pueden timbrarle muy temprano, durante el desayuno, o muy tarde, cuando está cogiendo el sueño. Otras veces lo despiertan por la madrugada. Y Ciro contesta todas, sin perder el aplomo, con la actitud resignada de un operador de central telefónica. Una de esas podría ser la comunicación que espera hace cuarenta y ocho días.

La mitad de veces son periodistas. Esta mañana, por ejemplo, lo han llamado de cuatro noticiarios de televisión y al menos cinco emisoras limeñas, preguntando por su hijo desaparecido en el cañón del Colca, uno de los más profundos del planeta. Si no está atendiendo el teléfono, es él quien está marcando a alguna parte. El Sony Ericsson solo deja de chillar cuando no hay cobertura de servicio, como ahora que estamos camino a Relave, el punto donde termina la carretera, pasando el pueblo de Madrigal.

En ese lugar, su hijo Ciro Castillo Rojo García Caballero empezó el ascenso al nevado Bomboya, en compañía de su enamorada Rosario Ponce, con el propósito de llegar al siguiente poblado: Tapay. Pero la pareja se perdió en el camino y el lunes 4 de abril se separaron. Una semana y media después ella fue hallada por rescatistas de la Policía Nacional, arrastrándose con sus últimas fuerzas, con un cuadro de deshidratación severa.

RÉQUIEM POR TOMÁS ELOY MARTÍNEZ


Sucede que los domingos se me están muriendo personas importantes. Al principio se marchaban un día cualquiera, como ese martes de enero de 2007 en que se apagó la vida de Ryszard Kapuscinski, o el jueves de setiembre de ese mismo año en que Luciano Pavarotti dejó de existir después de una larga lucha contra el cáncer. Pero hace más de un año que los muertos importantes, o mejor dicho, los que a mí me importan, tienen cierta predilección por los domingos. Como lo diría el poeta salvadoreño Roque Dalton, los muertos están cada vez más indóciles.

Desde luego, mis domingos ya no son los mismos. Mientras el resto de familias disfrutan de la tranquilidad del hogar, o se arremolinan en torno a parrillas de jugosos filetes, o visitan a los abuelos, o se van de paseo, o duermen, a mí me toca quedarme en la redacción del periódico hasta la media noche. Lo que me hace suponer que de alguna forma el diario se ha convertido los domingos en mi obligatorio hogar sustituto, y la fauna que habita esa jungla, en mi irrenunciable segunda familia.

El primero que tuvo el antojo dominical de morirse fue Mario Benedetti. Su desaparición fue un trago amarguísimo, el 17 de mayo de 2009. Meses antes el periodista Álvaro Ugaz estrelló su auto un domingo y falleció al día siguiente. En diciembre del año pasado, una de las hijas de Roy Soto, biógrafo de Haya de la Torre y dignísimo aprista, escribió en mi blog: “Roy Soto se quedó dormido, ya no despertará”. Era domingo.